El denominado “reto del paracetamol” dejó de ser una tendencia lejana para convertirse en una preocupante realidad en Chile. El desafío, que consiste en ingerir grandes cantidades de este medicamento para medir resistencia física o prolongar una hospitalización, ha encendido las alertas del sistema de salud y de las autoridades.
El Ministerio de Salud (Minsal) confirmó un aumento de hasta un 500% en los casos de intoxicación por paracetamol, especialmente en escolares y adolescentes, evidenciando el impacto real de estos fenómenos virales en la salud pública.
Incluso campañas difundidas en redes sociales advierten que estos desafíos “no son un juego” y buscan frenar su propagación, reforzando el llamado a padres, cuidadores y comunidades educativas a actuar de manera preventiva.
El riesgo no es menor. Aunque el paracetamol es un medicamento seguro en dosis controladas, su consumo excesivo puede generar daño hepático severo, falla orgánica e incluso la muerte. Uno de los aspectos más peligrosos es que los síntomas iniciales - náuseas o vómitos - pueden desaparecer momentáneamente, dando una falsa sensación de seguridad antes de que el daño se vuelva irreversible días después.
Pero el fenómeno no se explica sólo desde lo médico. Para el académico, especialista en comunicación de riesgos en salud y magíster en comunicación estratégica, Rodrigo Durán Guzmán, el foco debe estar también en comprender el comportamiento social detrás de estos desafíos.
“Los fenómenos virales no son casuales: responden a dinámicas de validación social, pertenencia y visibilidad. Para muchos adolescentes, participar en estos desafíos es una forma de existir dentro del ecosistema digital”, explica Durán.
Estos retos encuentran terreno fértil en plataformas donde el reconocimiento es inmediato y cuantificable. Likes, comentarios y visualizaciones funcionan como incentivos que refuerzan conductas, incluso cuando implican riesgos evidentes.
“El problema es que el riesgo se vuelve abstracto. Se transforma en contenido. Y cuando el peligro se convierte en espectáculo, pierde su dimensión real”, advierte Rodrigo Durán Guzmán.
Durán explica que estos desafíos combinan tres elementos que explican su viralidad:
- Imitación masiva: ver a otros participar reduce la percepción de daño.
- Competencia social: quién resiste más, quién logra mayor impacto.
- Recompensa digital inmediata: validación emocional a través de redes.
A esto se suma un factor crítico: la falta de percepción del riesgo en etapas tempranas del desarrollo. “En varios casos, adolescentes han consumido más de 10 comprimidos como parte del desafío, sin dimensionar las consecuencias reales para su organismo”, afirma el especialista en comunicación estratégica y especialista en opinión pública.
“Por eso la prevención no puede ser sólo reactiva. Necesitamos una comunicación que conecte emocionalmente, que explique, que genere conciencia. No basta con prohibir: hay que comprender por qué ocurre y actuar antes de que escale”, sostiene el académico.
En esa línea, Durán indica que el rol de las familias y comunidades es clave para hablar abiertamente sobre estos temas, supervisar el acceso a medicamentos y generar espacios de confianza donde los jóvenes puedan expresar dudas o presiones sociales sin temor.
También es fundamental reconocer señales de alerta: náuseas persistentes, vómitos, dolor abdominal, confusión o coloración amarillenta en la piel pueden indicar una intoxicación y requieren atención médica inmediata.





































































